En
nuestra sociedad actual aún forman mayoría los Países que viven bajo el estigma
del machismo en la convivencia y que en un margen amplio es definido como
replegar en un segundo plano el espacio físico y mental de una mujer por el
hombre.
Libros
y programas han dejado correr voz, tiempo y tinta protestando sobre esta
actuación tan definida e impositiva en estas sociedades, sin embargo lejos de
resolver el problema desde su origen atacan ferozmente al hombre retrógrado que
coloca de manera inexorable a cualquier fémina en una escala de valores menor a
la que él ocupa.
La
frase “al niño que pone el coco y luego le tiene miedo” razonada y escrita por
una gran mujer que padeció los efectos de esta mentalidad parece ahora escrita
para las mismas mujeres que adolecen de estos efectos creados… por ellas
mismas.
El
individuo al nacer no tiene un programa de estigmatización sexual ni de
superioridad o inferioridad, viene limpio de ideas preconcebidas, esto
significa que es mediante el ejemplo y la convivencia que se forma
paulatinamente su concepto del sitio que ocupa cada personaje en la línea de
vida. Es la madre misma que antaño protestare de discriminación la primera que
al hijo varón lo cubre de mimos y protección y a la hija la visualiza como su
ayuda incondicional para sus propias labores, esto es la hija podrá ayudar en
pequeñas tareas acordes a su edad mientras que el niño permanecerá siendo
atendido no sólo por la madre sino por cuanta mujer hubiere en su entorno. Es
la madre la primera en proteger de feministas a su querido vástago para que
quien lo consiga continúe prodigándole los mismos cuidados que ella le
acostumbrase.
Existe
un antes durante y después de esta manipulación psicológica que promueve la
misma mujer. En su fase de niña forma resentimientos hacia el hermano que en
igualdad de condiciones recibe amor y admiración
incondicional sólo por su sexo, mientras
que ella debe ser algo más que una joven mujer, debe desarrollar alguna
característica o habilidad adicional para recibir una atención extra por parte
de la madre. En la fase adolescente hay una pequeña fisura en el resentimiento
hacia los varones porque entra en juego la atracción al sexo opuesto por
varones que no son de su misma familia, en el juego de seducción empieza
colmando de pequeños halagos y detalles al varón afortunado y manteniendo su
resentimiento al varón que no sea el elegido,
hermanos, amigos, profesores etc. Sin embargo esta fisura de la
injusticia ya empieza a mermar en ella a medida que su sentido proteccionista
de madre es orientado a su pareja y este trato es a su vez alentado y perfeccionado
por las mismas madres con sus consejos para un cuidado del hombre feliz.
-Vamos
hija no le riñas si esta de mal humor, la mujer debe ver que haya armonía y
para eso habrá cosas que te tengas que aguantar…
-Aprende
a hacerle los platillos que más le gusten y lo tendrás siempre contento…
-Que
los niños no hagan ruido cuando él quiera descansar, que todo esté listo cuando
él llegue del trabajo, que te vea bonita siempre… y un larguísimo etcétera de
la misma madre que en su juventud enarboló las banderas de guerra hacia la
igualdad sexual.
En la fase
adulta y donde ya viene implícita la reproducción sigue persistiendo la
sensibilidad medieval de la felicidad si es niña y el orgullo feliz si es niño,
tras lo cual el niño es educado para que
apenas llore es atendido su reclamo y la mujercita deberá ir
acostumbrándose a ser dulce y tolerante, y volvemos a empezar un ciclo que la
misma mujer no logra romper por el amor desmedido al hijo varón que es en
lenguaje tribal la fuerza física que determinará su supremacía en la comunidad.

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